El día martes 21 de julio nuestra Directora Operativa, Odile Cortés, compartió con una audiencia aproximada de 50 personas (entre presenciales en Monterrey y en línea) los aprendizajes que obtuvo en el programa de Medición de Impacto Social de la Universidad de Oxford | Escuela Saïd de Negocios, durante su estancia en junio 2026.
La sesión giró en torno a un replanteamiento crítico de la medición de impacto: no sólo como una herramienta técnica, sino como una práctica que define qué entendemos por éxito, qué decisiones tomamos y qué transformaciones terminan siendo visibles o invisibles.
Un tema transversal fue reconocer que toda medición implica decisiones de valor: lo que elegimos medir, cómo lo medimos y qué dejamos fuera termina moldeando la percepción del impacto. Por eso, los indicadores no sólo observan la realidad; también influyen en ella, y cuando se convierten en objetivos pueden llevar a las organizaciones a optimizar la métrica en lugar de profundizar la transformación que originalmente buscaban generar
Redefinir “impacto”
Impacto no es actividad ni alcance, sino transformación real y sostenida. Gran parte de lo que hoy se reporta (beneficiarios, actividades, satisfacción) son resultados o outputs, no impacto. Además, es imperativo considerar lo intencionado y lo no intencionado, lo positivo y lo negativo a la hora de hablar de impacto.
La audiencia comentó que el primer reto ha sido la desvalorización de la palabra “ayuda” y el desprestigio del asistencialismo, cuando realmente son acciones que se necesitan en la sociedad, que las organizaciones civiles proveen y que han tenido que cambiar dadas las tendencias en hablar de impacto y sistemas, aún cuando se alejan de la realidad que viven y de ser cierto que generan impacto -entendido como transformación.
Problema central: se mide para reportar, no para decidir
No tenemos claridad sobre qué entendemos por impacto, es fácil que la medición termine reducida a un ejercicio de reporte. Hoy, en muchos casos, los sistemas de medición están impulsados más por requerimientos de donantes, fondos o esquemas de cumplimiento que por las necesidades reales de aprendizaje de los proyectos. Esto provoca una sobrepriorización de indicadores cuantitativos, una subutilización de la información para mejorar la intervención y sistemas de medición que muchas veces quedan desconectados de la operación cotidiana
Hay mucho que cambiar en nuestras mentalidades al pensar en impacto, empezar a medirlo al inicio y no al término, valorar las historias y no sólo los números y reflexionar sobre el uso que le damos a la información que medimos.
El desafío no parece ser generar más información, sino desarrollar mejores capacidades para interpretar, contextualizar y utilizar la que ya existe. Más datos no necesariamente conducen a mejores decisiones
Además, también debemos considerar la invisibilización de impactos negativos y la imposibilidad de comparar poblaciones y contextos distintos como si fueran equivalentes, porque las personas y sus circunstancias no son totalmente intercambiables. A esto se suma una alta carga operativa que muchas veces genera poco retorno en términos de aprendizaje útil para la toma de decisiones.
Tensión estructural: cuanti vs cuali
Lo cuantitativo sirve: permite comparar, agregar y traducir a lenguaje financiero. Pero simplifica realidades complejas y puede empujar a medir lo fácil.
Lo cualitativo permite capturar transformación real. Pero requiere rigor, método y cuidado para no caer en sesgos.
El problema no es elegir uno u otro, sino que el sistema favorece desproporcionadamente lo cuantitativo, aunque lo narrativo sea más relevante. En IntegraRSE ahora estamos usando lo cualitativo para contar el cambio más significativo y está siendo por mucho una experiencia que transformó nuestra manera de hablar de impacto.
El cambio hacia temas financieros e “inversionistas sociales” está relegando las historias y las verdaderas razones por las que se trabaja en temas de impacto: cambiar vidas de formas individuales. Buscamos hablar de números de transformación sin recordar que cada transformación es única y que es mejor una buena historia que explique cómo se dio ese cambio, que un número forzado de “impactos” que desvíen la intervención para poder hacer lo medible y no lo necesario.
Un sistema de medición robusto requiere incorporar de manera sistemática la perspectiva de las personas que experimentan el cambio, no solo la visión de financiadores, evaluadores o implementadores.
Limitaciones clave en la medición actual
Entre las limitaciones más relevantes de la medición actual están la dificultad para establecer líneas base reales, pues requieren necesariamente de presupuesto y tiempo que muchas veces las organizaciones no tienen.
Otro reto son los problemas de atribución —es decir, identificar qué parte del cambio puede considerarse realmente resultado de la intervención. En este aspecto es importante entender la adicionalidad y si realmente la intervención potencia algo que iba a ocurrir de forma orgánica, si sólo lo aceleró o movió la trayectoria por completo.
En entornos complejos, el objetivo no siempre debe ser demostrar que una organización causó por sí sola un cambio, sino entender cuál fue su contribución dentro de un sistema más amplio de actores, incentivos y condiciones.
Cambio de paradigma: de medición a gestión de impacto
Frente a estas limitaciones, el punto no sería abandonar la medición, sino mover la conversación hacia otra forma de entenderla: no como un ejercicio que llega al final para comprobar si algo funcionó, sino como una herramienta viva para acompañar la intervención desde el inicio. Si aceptamos que el cambio ocurre dentro de sistemas complejos y que rara vez puede explicarse por una sola causa, entonces medir impacto también tendría que servir para observar señales, reconocer patrones, ajustar decisiones y entender hacia dónde se está moviendo la transformación. En ese sentido, la precisión absoluta puede ser menos útil que una lectura honesta y oportuna de la direccionalidad del cambio: qué parece estar cambiando, qué lo está impulsando, qué obstáculos aparecen y qué decisiones podemos tomar a partir de esa información.
Esto también tiene implicaciones estratégicas muy concretas: obliga a revisar para qué estamos midiendo —si buscamos comprobar, mejorar o aprender— y a alinear la medición con las decisiones reales del negocio o del programa, no sólo con los formatos que alguien más espera recibir.
También implica cuestionar los indicadores impuestos por terceros cuando no ayudan a entender mejor la intervención, e integrar el contexto y el sistema en el que ocurre el cambio, en lugar de mirar únicamente a los beneficiarios directos como si el impacto sucediera aislado de todo lo demás. En esa misma línea, platicamos sobre la necesidad de dejar de entender la medición de impacto como una pesada piedra que los proyectos tienen que cargar y empezar a verla como una herramienta de gestión del impacto; para eso, también tendríamos que facilitar que los proyectos midan de formas que les resulten útiles para aprender y decidir, no sólo de la manera en que sus inversionistas esperan que lo reporten.
El ecosistema actual (donantes, fondos, gobierno) incentiva métricas simplificadas, lo que puede distorsionar decisiones y alejarse del impacto real.
En el fondo, la conversación dejó claro que la medición de impacto, como se practica hoy, muchas veces es insuficiente para comprender la transformación que los proyectos realmente generan. El reto no está en medir más, ni en sofisticar los instrumentos sólo para producir reportes más robustos, sino en medir mejor: con mayor claridad sobre lo que buscamos aprender, con más honestidad sobre los límites de lo que podemos atribuirnos y con una conexión más directa entre la información que levantamos y las decisiones que tomamos.
El siguiente paso no es únicamente técnico, sino cultural. Implica dejar de preguntar sólo “¿cuánto impacto generamos?” y empezar a preguntarnos “¿qué estamos aprendiendo sobre cómo ocurre el cambio, qué papel jugamos dentro de ese proceso y cómo podemos provocarlo mejor?”. Sólo desde ahí la medición deja de ser una carga administrativa y se convierte en una práctica real de gestión, aprendizaje y transformación.
Nos encantará escuchar tu opinión, ¿qué y por qué mides el impacto?

